Hay un cartel en la fachada del Acuario de Gijón que dice "La última frontera". Y no le falta razón: en cuanto entras, dejas de estar en el puerto y empiezas a estar en otro sitio. Uno donde los animales llevan millones de años sin necesitar nuestra aprobación para parecer imposibles.
El edificio en sí ya avisa. Metal, cristal, ese tejado que se abre como una branquia hacia el cielo azul de Asturias. Fuera, todo es gris y ordenado. Dentro, todo es azul oscuro y no tiene ningún orden que reconozcas.
Lo primero que te para en seco es algo que parece un dragón en miniatura descansando sobre una roca: mitad espina, mitad seda, con esa piel moteada que no sabes si es camuflaje o joyería. No se mueve. No necesita moverse. Ya ha ganado la partida evolutiva hace tiempo.

¿Habéis estado en algún acuario que os haya sorprendido más de lo que esperabais?
Un poco más adelante, un jardín entero de anémonas amarillas y blancas respira despacio bajo una luz violeta, como si alguien hubiera decidido que el fondo del mar también merece su propia iluminación de discoteca.

Y justo al lado, decenas de estrellas de mar trepando por la roca en direcciones que no tienen ninguna lógica aparente, cada una a su ritmo, ninguna preocupada por las demás.

Y entonces, el momento que te cambia el pulso: un tiburón cruzando el cristal justo por encima de tu cabeza. La primera vez lo ves de morro, mirándote de frente, con esa boca entreabierta que parece sonrisa pero no lo es.

La segunda vez lo ves de perfil, deslizándose entre un banco de peces plateados que ni se inmutan, como si convivir con un depredador fuera simplemente parte del alquiler.

Más adelante, una pared entera de arrecife de coral bañada en azul: peces amarillos moviéndose en sincronía imposible, coral rosa y morado creciendo en formas que ningún arquitecto se atrevería a firmar.

Y justo cuando crees que ya has entendido el hilo del día —el mar, sus profundidades, sus reglas— el recorrido te lleva a tierra firme. Una tarántula inmóvil entre hojas secas, paciente como quien sabe que el tiempo juega a su favor.

Y un axolotl rosado, ese anfibio que se ríe literalmente de la muerte porque puede regenerar sus propias extremidades, mirándote con una expresión que no es ni sorpresa ni indiferencia, es otra cosa que no tiene traducción humana.

Ahí está, creo, el verdadero hilo del día: la última frontera no es solo el abismo marino del cartel de la entrada. Es la distancia entre lo que conocemos y lo que sigue ahí fuera —o ahí dentro del agua— haciendo su vida sin pedirnos permiso ni explicaciones. Un tiburón, una estrella de mar, un axolotl que regenera una pata como quien se cambia de camiseta: todos comparten la misma indiferencia elegante hacia nuestras categorías.
Salimos por la misma escalinata de piedra por la que entramos, con el sol ya cayendo sobre el puerto. Y durante un rato, mientras caminábamos, seguía pensando en la tarántula quieta entre las hojas. En cómo la quietud, cuando la mantienes el tiempo suficiente, también es una forma de dominar el espacio.
¿Cuál de estas criaturas os ha dejado más KO: el tiburón, la tarántula o el axolotl?
Cómo llegar desde Bilbao: el trayecto son unos 175 km por la A-8, alrededor de 1h 50min en coche siguiendo la costa hacia el oeste. También hay autobuses directos Bilbao-Gijón (ALSA) en algo más de 2h30, buena opción si no quieres conducir. Una vez en Gijón, el acuario está en pleno puerto deportivo, a pie desde el centro.
Entradas y precios: la general (15-64 años) cuesta 21,50€, la infantil (3-14 años) 13€, los menores de 3 años entran gratis, senior (+65) 14€ y personas con discapacidad 11,50€. También existe un Pase Anual si repites visita. Los precios pueden cambiar, así que mejor confirmar tarifas actualizadas y comprar entrada anticipada aquí: Entradas - BIOPARC Acuario de Gijón
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