Hay lugares que te exigen algo antes de revelarte su verdadera belleza. No son simplemente postales que ves desde la ventanilla del coche. Tienes que caminarlos, sentirlos bajo tus pies y, a veces, incluso sudarlos un poco. Mi visita a Punta Fuciño do Porco, en O Vicedo, fue exactamente eso: una lección de que las mejores vistas se ganan paso a paso.

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